El teléfono
no paraba de sonar, pero no tenía las fuerzas suficientes como para levantarme y
atender. El cansancio era más fuerte que el miedo que me provocaba no saber que
estaría pasando; o en realidad si sabía, debería ser ella nuevamente intentando
arruinarme el día.
El cansancio físico no superaba el mental. Necesitaba
silencio, estar sola. La nada misma necesitaba, que ironía ¿no?
No era la primera vez que sentía que a nadie le importaba si
aún respiraba entre las cuatro paredes de la habitación. Si aún mi corazón
latía, aunque sea de furia, pero si latía.
Decidí
levantarme, enredada entre las sábanas busqué el teléfono. Sentí que el corazón
iba a salirse del pecho cuando escuché su voz.
Me sorprendí, creí nunca más
escucharlo después del día que lo dejé ir.
-Soy Leo, Violeta. Necesito verte.
-Hola ¿Esta tarde de parece bien?
-Sí, me parece perfecto. ¿En nuestra plaza?
-En nuestra plaza.
Todavía no
entiendo como mantuve el tono de voz, sentí que iba a quedarme muda, que
ninguna palabra saldría de mi boca.
Pero necesitaba verlo, necesitaba decirle que lo extraño.
No debí dejarlo ir. Era un gran hombre. Es un gran hombre.
Debí darle una oportunidad, darme mejor dicho una
oportunidad de amarlo.
Fui inútil al confiar en Ignacio, al creer en sus mentiras y
esperarlo. ¿Esperar que? ¿Que la dejara a ella?
No vi que en realidad quien estaba siempre firme esperándome
era Leo. El que soportaba mi locura, mis tiempos, mi espacio, era él.
Me probé
todo el placard. El vestido azul, el verde, el negro, a rayas y a lunares.
Solo quería escucharlo y que me escuche. Quería pedirle
perdón por pensar solo en mí, en mi soledad, en mi cansancio y en mis sueños.
Me había dado cuenta que me importaba y mucho; pero era un
poco tarde.
Me dejé el pelo suelto como tanto le gustaba. Tenía
esperanzas de que mi día cambiase; mi vida.
Sentí que la esperanza volvía a mi cuerpo. Me pintaba la
cara con una sonrisa, los ojos me brillaban de nervios y mi piel rojiza de
miedo.
El teléfono volvió a sonar.
Pensé que se había arrepentido.
-Hola, ¿Leo? Sí oficial, habla
ella. Muchas gracias. Enseguida voy.
Otra vez sentí como se desvanecía mi cuerpo.
Subí al primer taxi que
apareció, con el vestido rosa embarrado por la lluvia.
Ni siquiera en momentos
como esos tenía buena suerte.
El maquillaje empezó a
borrarse entre mis mejillas. No merecía más lágrimas en vano.
Corrí a verla, pensé que
llegaría tarde y todo terminaría.
-Oficial, soy Violeta su
hija. ¿Puedo pasar?
-Sí querida, pero cuidado
con lo que le dice.
- Muchas gracias, y
disculpe.
Sentí como se paralizaba el mundo por un
segundo. Cientos de veces deseé que no existiese más. Pero de ahí a que sucediera,
daba miedo.
No quería escuchar reproches, los mismos reproches
desde hace años.
Estaba cansada de sus
palabras, de escucharla decir mentiras. ¿Que no la quiero? ¿Que no me preocupo
por ella? ¿Qué jamás me importó?
Se olvidó de cómo son las
cosas realmente, de quien es quien. Quien la madre, quien la hija.
Se olvidó de preguntar como
estaba, que me pasaba o que me faltaba.
No seguí el consejo del Oficial, y
menos el de la psicóloga.
¿No decirle la verdad, las
cosas como son? Que consejo más vago, sin sentido; sin sentimientos.
Seguir aumentando la
coraza, darle más fuerza y no ver que sucedía; no era la solución.
-
Deja de ser caprichosa y bajate de ahí. Si te querés
matar, matate de una vez no molestes más.
No entendés que esto es por tu bien, por el bien de la familia y el de
la nena.
Ella no tiene la culpa de tener una madre loca, una madre que no se
preocupe,
una madre ausente como la tuve yo.
¿Te duele escuchar todo esto?
Dale bajá, calmate, date una buena ducha y
descansa. Mañana la abuela trae a la
nena de su casa, y te tiene que ver bien.
Pensá en ella aunque sea. Se merece un
futuro mejor, una vida mejor. Alguien
que se preocupe por ella, que la quiera y
la mime.
Deja de hacer escándalos que va a venir la
policía otra vez.
Sentí un gran alivio al decirle todo lo que
tenía guardado hace tiempo.
Mi esperanza volvió al
cuerpo cuando la vi bajar de la ventana. Por suerte se había calmado. En el
fondo la seguía amando y me preocupaba por su bien.
Miré la hora y corrí hasta la puerta. Deseaba que todavía me
estuviese esperando.
Lo sentía, seguro estaba
ahí. Todavía lo siento. Nuestra plaza, el viento haciendo volar las hojas
secas. Puedo imaginarlo, como hace dos años en nuestra primera cita.
Necesitaba abrazarlo,
decirle que lo quiero más de lo que imaginaba.
Pero era tarde. Aún lo
recuerdo.
-
¡Cuidado piba!
Recuerdo como si hubiese sido ayer esa última frase.
El silencio sigue presente desde hace un año.
Tanto lo deseé; silencio. Ahora sí acá estoy, sentada en la
plaza: nada más con mi soledad.
